Lena se retorció sobre las sábanas revueltas, buscó escapar de la intensidad del estímulo pero al mismo tiempo se empujó hacia él. Se aferró a las sábanas con fuerza. Los dedos se le enredaron en el cabello de él, tiró a veces para pedir más, a veces para intentar detener la marea de sensaciones que amenazaba con ahogarla.
—Me encanta —jadeó, con la voz rota y los ojos cerrados, entregada por completo al ritmo que él dictaba desde abajo.
Él no paró; por el contrario, la presión aumentó, ignoró