Lena estaba recostada en el sofá. Miraba el techo sin prestarle atención. Parpadeó. La imagen de Alán, desnudo, sonriendo, se desvaneció con lentitud.
Se incorporó. O intentó hacerlo.
—Ay —masculló.
La espalda baja le dolía. Una punzada sorda, profunda, que le recorría hasta los glúteos. Apretó los dientes y se sentó con cuidado. La cadera le protestó. El cuello también.
«Mierda», pensó. «Parece que corrí una maratón».
Pero no había corrido. Había hecho otra cosa. Sonrió.
Recordó la sensa