Un rato después fueron por Marcus a la casa de sus padres.
Ya en el departamento, el niño jugaba con un mechón de su cabello, lo enredaba entre los dedos gordos, lo soltaba y lo volvía a enredar. Ella no se quejaba. La sensación cálida de un bebé en sus brazos era casi hipnótica.
Pasaron las horas.
Lía estaba recostada en el sofá, sin quitarse la manta sobre la cabeza y un vaso de agua en la mano. La cara aún pálida, los ojos cerrados.
—No puedo creer que haya sido tan estúpida —mascull