El trayecto desde el hospital hasta la mansión fue un ejercicio de contención. Teníamos a Isabella en su porta-bebés, una pequeña criatura que apenas pesaba unos kilos pero que, con su sola presencia, parecía reordenar todo nuestro universo. Ian conducía con una calma estudiada, aunque cada vez que su mano rozaba la mía, sentía la electricidad de una batalla que apenas comenzaba a calmarse.
Al llegar a la entrada de la casa, la atmósfera cambió instantáneamente. No era la tranquilidad que esper