Pasamos la tarde entre risas, cambios de pañales y un Leo que no se despegaba de la cuna portátil, actuando como el guardián más feroz que Isabella podría tener. Por unas horas, el mundo exterior desapareció. No había muestras robadas, ni abogados, ni dudas existenciales. Solo éramos nosotros, una familia que había aprendido a reconstruirse entre las ruinas, dándose cuenta de que el mejor hogar no es una estructura de piedra, sino las personas que te esperan dentro.
Pero la calma, en nuestras v