La puerta se cerró tras él con un chasquido metálico, un sonido seco que selló no solo la habitación de Ethan, sino también el último resquicio de esperanza que me quedaba de recuperar al hombre que yo creía conocer. Me quedé sola en medio del pasillo, sintiendo que el aire se volvía irrespirable. La noticia de la compatibilidad perfecta —el cien por ciento que aseguraba la vida de mi hijo— se sentía, extrañamente, como una victoria amarga, una que había logrado a costa de vender mi alma y mi f