El silencio tras la salida de Victoria Blackwood era más que una ausencia de ruido; era una presencia pesada, cargada de una malevolencia que parecía impregnar las paredes de la unidad de aislamiento. Sus palabras no eran solo ataques vacíos; eran promesas de una guerra que apenas empezaba, una guerra que, según ella, yo ya tenía perdida.
Me quedé allí, inmóvil, observando el ritmo monótono de los monitores que vigilaban a Ethan. Cada pitido era un recordatorio de que él estaba allí, luchando,