El aire en la habitación de Ethan era pesado, saturado por el pitido monótono de los monitores y el olor a antiséptico que, hasta hace poco, yo asociaba con el control y la cura, pero que ahora se sentía como el perfume de un juicio final. Me senté al borde de la cama, sujetando la mano de Ethan —la mano que ahora sabía era una extensión de la mía— y sentí un torbellino de emociones tan contradictorias que temí que mi corazón fuera a fallar.
Rabia. Una rabia ciega, primigenia, que me empujaba a