Entré en la habitación justo a tiempo para encontrarme a Ian frente al espejo del tocador, examinándose la cara con la misma concentración clínica que si estuviera analizando una tomografía compleja de un caso imposible. Tenía la marca de cinco dedos perfectamente delineada en un tono rojizo que ya empezaba a tornarse violáceo.
—Vaya, Dr. Blackwood —dije, dejando mi bolso sobre la silla y soltando una risita que, a pesar de mis esfuerzos, no pude contener—. Veo que tu reunión con el "comité de