Leticia se marchó por el pasillo central del hospital emitiendo un sonido que oscilaba entre un chillido de horror y el llanto histérico de alguien que acaba de ver su mundo derrumbarse. El silencio que dejó a su paso fue tan denso que resultaba casi táctil, solo interrumpido por el eco distante de las alarmas cardíacas de la unidad de cuidados intensivos.
Dentro del cuarto de suministros, Zoe se apartó ligeramente de mi pecho. Sus ojos azules, aunque todavía cargados de la electricidad que aca