La jornada matutina en el área de Urgencias ya era por sí sola lo suficientemente caótica y estresante como para tener que lidiar, además, con un Ian Blackwood en su faceta más insoportable de "niño berrinchudo". El director del departamento iba de un lado a otro del pasillo, revisando los expedientes clínicos con una fuerza física completamente innecesaria y quejándose abiertamente de la temperatura del café, del brillo excesivo de las luces del techo y, básicamente, de la existencia de cualqu