El trayecto diario hacia el hospital general en el coche de Ian era, por lo general, un ejercicio de silencio tenso y sumamente incómodo. Sin embargo, hoy en particular, Ian conducía con una energía extraña y errática, apretando el volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos lucían completamente blancos, como si esperara de verdad que el vehículo le diera respuestas automáticas a preguntas profundas que todavía no se atrevía a formular en voz alta. El incidente fallido de la madrugada en