El comedor de médicos del hospital general estaba sumido a esa hora en el habitual y monótono murmullo constante de bandejas metálicas chocando y conversaciones cruzadas sobre diagnósticos de última hora, pero en nuestra mesa de la esquina, el aire se sentía tan pesado como el plomo. Tenía frente a mí una ensalada César que ni siquiera había probado y una taza de café que se había enfriado por completo hacía más de media hora. Santi y Marcos me observaban fijamente en silencio, guardando esa pa