Faltaban exactamente dos agónicas horas para que el extenuante turno de Zoe en el área de urgencias terminara por el día de hoy. Lo sabía con una exactitud milimétrica porque había consultado el cronómetro de mi reloj de pulsera prácticamente cada cinco minutos durante la última hora. Me encontraba en este momento en la cafetería central del hospital, específicamente en la denominada "mesa de los veteranos", rodeado de Marcos, Santi y, para mi absoluta desgracia, Mark, quien parecía estar disfr