Pasar veinticuatro horas enteras encerrada de forma voluntaria en la suite principal de los Blackwood fue mi manera silenciosa y tajante de marcar territorio. No salí de esa enorme habitación ni para cenar, ni para explorar las dimensiones de la propiedad. Me dediqué exclusivamente a atender a Leo, a leerle sus cuentos favoritos en voz baja y a ignorar por completo el lujo asfixiante de esas paredes tapizadas en seda que parecían cerrarse sobre mí. Al día siguiente, afortunadamente, mi pequeño