El cristal templado del gran ventanal de mi oficina ejecutiva me devolvía una imagen nítida que, a estas alturas, apenas era capaz de reconocer. Me veía impecable por fuera, ataviado con mi traje gris a medida y portando un rostro completamente imperturbable de cirujano, pero por dentro sentía de verdad que el suelo sólido bajo mis propios pies se estaba agrietando a una velocidad alarmante. La firma manuscrita de Zoe —ese trazo rápido, firme y desafiante estampado justo al lado del cero gigant