Firmar el acta de matrimonio civil en el frío escritorio del consultorio privado de Ian fue un acto desprovisto de la más mínima magia o romanticismo. No hubo flores arregladas, ni testigos emocionados, ni promesas de amor eterno susurradas al oído. Solo se escuchaba el molesto sonido metálico del bolígrafo rasgando el papel oficial y el rítmico tic-tac del reloj de pared marcando con crueldad los segundos exactos de mi nueva condena voluntaria. Ian me observaba desde su asiento con una intensi