La imponente oficina privada de Ian Blackwood apestaba a poder absoluto, a café importado excesivamente caro y a esa insoportable arrogancia de cuna que solo un miembro de su familia era capaz de destilar con cada poro. Sobre el pulido escritorio de madera de caoba descansaba el documento legal que iba a encadenarme formalmente a su vida a partir de este instante. Ian permanecía sentado frente a mí, con las piernas cruzadas con total elegancia y observándome fijamente como un depredador que fin