La noche había caído por completo sobre la casa de los padres de Lenna. Las estrellas brillaban en el cielo como pequeños diamantes, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción antigua. Adentro, en la habitación, Lenna estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida en la oscuridad. Diego dormía plácidamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y