La noche había sido un infierno para Thomas. No había pegado un ojo. Dio vueltas en la cama del cuarto de invitados, se levantó, se acostó, miró el techo, miró la pared, miró la ventana por donde la luna se colaba como una intrusa. La imagen de Lenna con el bebé en brazos no lo dejaba. Esa imagen se le había grabado en la retina como un hierro candente. Y la de Juan Diego. Ese hombre. El mismo del semáforo. El mismo que ahora estaba con ella. El mismo que había dicho que el bebé era suyo.
—Ment