La habitación estaba en penumbras. La luz de la luna entraba por la ventana, pintando las paredes de un tono plateado que hacía que todo pareciera un sueño. Diego dormía plácidamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila. El silencio era tan denso que Lenna podía escuchar los latidos de su propio corazón.
Estaban de pie, frente a frente, en medio de la habitación. La distancia entre ellos era apenas un paso. Juan Diego la miraba como