La mañana siguiente amaneció radiante en la casa de los padres de Lenna. El sol entraba por los ventanales como un río de luz dorada, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el de las flores del jardín. Lenna estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando el teléfono de Juan Diego sonó en la sala. Él lo atendió con voz de sueño, todavía en pijama, el cabello despeinado.
—¿Diga? —dijo, con la voz ronca.
—Juandi —la voz de Alexandra sonó al otro lado, profesional pero urgente—. ¿Puede