La luz de la mañana entraba por los ventanales de la mansión cuando Lenna bajó las escaleras. No había dormido. La foto de Thomas y Anika seguía grabada en su retina como una marca de fuego, pero en su pecho ya no quedaba dolor. Solo una certeza fría, sólida, definitiva.
Max la esperaba en la sala, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que se borró en cuanto la vio.
—¿Qué pasó? —preguntó él, levantándose—. Tienes cara de no haber dormido.
—Nada —mintió Lenna—. Dime lo de la empresa.
Max l