Las horas en el hospital se arrastraban como siglos. Thomas estaba sentado en la silla junto a la cama de Anika, con la cabeza apoyada en la pared, los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir bien. La noche anterior había sido larga, los vómitos de sangre, los médicos, la angustia. Y ahora el cansancio le pesaba en los huesos como una losa.
Anika lo observaba desde la cama con sus ojos de enferma. Lo veía parpadear lentamente, la cabeza caer hacia un