Dos meses habían pasado desde aquel susto en el hospital. La barriga de Anika había crecido, redonda y firme, una promesa que se manifestaba en cada movimiento, en cada patada que daba el bebé. Thomas, a pesar de todo, no podía evitar sentir una conexión con ese pequeño ser que llevaba su sangre. Por las noches, cuando Anika dormía, él acercaba su mano a su vientre y sentía los movimientos del bebé. Le hablaba en voz baja, le prometía que lo iba a cuidar, que lo iba a amar como a nada en este m