El sol de la mañana entraba por los ventanales de la habitación del hospital como un río de luz dorada. Anika estaba sentada en la cama, con el bebé en brazos, la mirada perdida en el horizonte. Habían pasado dos días desde la operación. Dos días desde que casi muere. Dos días desde que tuvo esa pesadilla que aún le resonaba en la cabeza como un eco que no se iba.
—Señora Anika —dijo la enfermera, entrando con una carpeta en la mano—. Los exámenes están listos. El médico la va a ver en un momen