La mañana llegó con un sol radiante que entraba por los ventanales de la casa de los padres de Lenna como un río de luz dorada. El jardín estaba florecido, los pájaros cantaban en los árboles, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el de las flores. Lenna estaba sentada en la sala, con una taza de té entre las manos, la mirada perdida en la televisión que estaba encendida en el canal de noticias.
Diego caminaba a sus pies, dando pasos firmes pero todavía torpes, como todos los niños de