La mañana había llegado con un sol radiante que entraba por los ventanales de la casa de los padres de Lenna. El jardín estaba florecido, los pájaros cantaban en los árboles, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el de las flores. Lenna se había levantado temprano, antes que todos, para preparar el desayuno. Diego seguía durmiendo en su moisés, y Juan Diego también, agotado por el viaje y la noche anterior.
El teléfono sonó en la cocina. Lenna lo miró. Era Max.
—¿Hermana? —dijo Max, co