La noche había caído sobre la casa de los padres de Lenna como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción de cuna. Adentro, la casa estaba en calma. Diego dormía profundamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila. Gloria y Roberto se habían retirado a su habitación hace una hora, y el silencio solo era roto por