La noche había caído sobre la mansión de Thomas como un manto de plomo. Las estrellas brillaban en el cielo, pero su luz no lograba penetrar los ventanales del cuarto de invitados donde él se había encerrado. Corrió los cerrojos, cerró la puerta con llave, y se aseguró de que nadie pudiera entrar. No quería ver a Anika. No quería ver a su madre. No quería ver a nadie. Solo quería estar solo. Solo quería beber. Solo quería olvidar.
La botella de whisky estaba sobre la mesa de noche, medio vacía.