El auto se detuvo frente a la mansión. La señora bajó primero, con el rostro cansado, los ojos brillantes de haber llorado en el camino de regreso. El señor la siguió, apoyado en su bastón, más lento que antes, pero con la misma firmeza de siempre. Entraron a la casa. Thomas los esperaba en la sala, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, la mirada perdida en el jardín.
—¿Y? —preguntó, girándose hacia ellos—. ¿Lo vieron?
—Lo vimos —dijo la señora, dejándose caer en el sofá.
—¿Y? —in