Capítulo 5: Odiando ser prisionera.

Regresé a mi habitación tan rápido como pude. Estaba atrapada en una prisión de oro, y con un Alfa sádico jurándome hacerme suya.

Cerrando la puerta con doble cerrojo, me dejé caer sobre el suelo; de nuevo estaba prisionera de un Alfa que deseaba utilizarme, nuevamente alguien más intentaba imponerme un destino que no pedí. Sin embargo, mientras no tuviera una maldita marca de propiedad en el cuello, tenía la posibilidad de hacer mi propia vida sin pertenecer a nadie más.

La ley del lobo era nefasta, tan condenatoria para las hembras y tan ventajosa para los machos. En una palabra: Injusta.

Abrazando mis propias rodillas, no fui capaz de llorar, en realidad, desde que “los míos” me abandonaron en mis bosques, ya no pude llorar más. Odiaba mi existencia, la mestiza que no tenía lugar en ningún sitio, aquella a la que solo buscaban por los frutos que su vientre era capaz de dar…por ello era que durante tanto tiempo me había mantenido viviendo en soledad, para que nadie me utilizara…porque nadie era capaz de ver algo más en mí que no fuese una incubadora para tener hijos.

Soy la loba virgen. 

Sintiéndome patética, me levanté del suelo y caminé hacia los enormes ventanales que tenían gruesas y enormes cortinas blancas, las corrí, y pude apreciar lo bastas que eran aquellas tierras, hermosas a la vista y rodeadas de varias montañas que me resultaban parecidas a las que había en los Cárpatos, aunque, naturalmente, no estaba ni por asomo cerca de las que una vez fueron mis tierras.

En los enormes jardines que rodeaban la mansión en la que me encontraba, había muchas personas; algunos de ellos parecían humanos comunes, pero la mayoría eran lobos. Todos parecían estar trabajando, y aquel panorama distaba mucho de los rumores que había alcanzado a escuchar de otros lobos, en los que aseguraban que el Alfa Arien, era duro con su manada, que explotaba a sus huestes y siempre estaba listo para iniciar otra guerra contra algún clan desprevenido, aunque, irónicamente, su desprevenido ataque fue justamente lo que me liberó de mi jaula anterior para traerme a otra mucho más grande.

Abriendo los ventanales, pude oler en el viento el hierro; estaba colocado estratégicamente para mantenerme encerrada dentro de esas tierras, podría casi jurar que eran muros o rejas inmensas las que lo rodeaban y encerraban todo, y me resultaba increíble que durante el tiempo en que permanecí inconsciente las hubiesen colocado, aunque cierto era que no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo estuve dormida.

¿Cuántos años iba a permanecer allí?, ¿Serian décadas?

Sea como fuese, no importaba, yo no envejecía, yo no moría, así que podría estar encerrada en ese lugar el resto de la eternidad.

Dos golpes secos en la puerta, sin embargo, me distrajeron de mis pensamientos, y sintiendo el olor de esa jovencita designada como mi dama de compañía, decidí abrir la puerta. Ese maldito Alfa Arien no había corrido detrás de mí, así que supuse que el golpe que le di en sus partes nobles fue lo suficientemente duro para que me dejara tranquila por lo menos un rato.

—¿Qué es lo que quieres? — cuestioné mirando a la joven Atka sosteniendo una bandeja con alimentos, y repentinamente sentí aquel gruñido en mi estómago.

La verdad, no recordaba cuando había sido la última vez que había probado algún alimento.

—Perdone, mi señora, pero me han pedido que le traiga la cena, debe de estar hambrienta, después de todo pasó casi dos días completos inconsciente. — dijo Atka.

Dos días, ese había sido el tiempo en que permanecí durmiendo, ciertamente en ese tiempo, Arien pudo tan solo aprovecharse para imponerme su marca, sin embargo, no lo había hecho, realmente yo era un juego para ese Alfa sádico.

—Déjala allí y vete, no necesito a una niñera. — le dije a Atka, sin embargo, aquella joven permaneció en su sitio.

Observé como las manos de la joven se aferraron durante un momento a aquella bandeja que parecía y olía como el oro, con ese aroma tan similar al de la sangre. Atka pasó a mis aposentos, y dejó la bandeja sobre una mesita de noche.

—Quería agradecerle por evitar mi castigo, sin embargo, puedo asegurarle que no iba a ocurrirme nada…el señor tiene un carácter difícil, y no le gusta que lo molesten mientras este con sus juegos, pero no es un hombre malo…y yo sé cómo es que se ve y es un hombre que realmente lo es. —

Atka dijo aquellas palabras mientras me miraba a los ojos con aquellos iris negros que parecían pertenecer a una anciana que había pasado por mucho, y no a una niña que recién había experimentado su primera luna roja.

—Un hombre que encierra a una mujer para su diversión, no puede ser una buena persona. — respondí sin más, y, sin embargo, ella negó.

—Si se da la oportunidad de conocerlo, podría descubrir lo equivocada que puede estar…no todo aquel que se acerca, tiene intención de hacer daño. — Atka me respondió.

Durante un momento, aquellas palabras resonaron en mí, y el recuerdo de aquel joven que me hizo una promesa que jamás intentó cumplir realmente, me golpeó tan duro como una roca en las sienes.

—No tengo tiempo para esto…no me gusta hablar con nadie, por eso es que siempre preferí mantenerme alejada de todos. — respondí. — Y ese hombre al que defiendes, solo me ve como un reto dentro de su retorcido juego, yo jamás podría ver como algo más que un sádico imbécil al Alfa Arien. — aseguré mientras recordaba como su enorme miembro se restregaba en mi vientre.

Atka sonrió, y acercándose a la bandeja de comida, la destapó y pude sentir el suculento aroma de un pollo asado con patatas. En ese momento mi estómago rugió de hambre, y hasta ese instante me sentí mareada y débil.

—Por favor, siéntese y permítame hacerle compañía mientras come, la soledad no le pinta bien a nadie, mucho menos a una mujer tan bella como lo es usted. — me aseguró aquella jovencita.

Durante un momento, sin embargo, sentí que una chica tan amable no podía haber sido criada por un monstruo. El Alfa Arien era considerado una bestia sedienta de sangre que buscaba más y más territorio para expandir a su manada, y de él se decía que tan solo maltrataba a sus huestes, que disfrutaba el hacer sufrir a sus víctimas, y que todo aquello que deseaba, lo tomaba por la fuerza si no le era entregado. Pero el hecho de no tener una marca en mi cuello, y la amable jovencita delante de mí, parecían contar una historia distinta.

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