El asfalto del Cinturón Gris se sentía como una lija en la garganta, pero mis pies no conocían el cansancio, solo la inercia de un terror que se había vuelto sólido. Silas y sus hombres nos escoltaban como espectros entre los esqueletos de acero de la zona industrial, moviéndose con una familiaridad inquietante por callejones donde el aire sabía a óxido y a productos químicos estancados. Mis botas chapoteaban en charcos de aceite que reflejaban las luces rojas de los drones de vigilancia que, m