El refugio de Silas no era más que el cadáver de una antigua planta de ensamblaje, un laberinto de vigas retorcidas donde el olor a grasa rancia luchaba contra el hedor de la enfermedad. En el centro de la nave, un generador diésel tosía y vibraba, escupiendo un humo negro que se perdía en las alturas del techo quebrado.
—Conéctalo ahí —ordenó Silas, señalando una regleta de enchufes improvisada que colgaba de un poste—. Pero hazlo rápido. El combustible es más caro que la sangre en estos día