El asfalto devoraba nuestras últimas fuerzas. Tras el estallido del neumático y la huida desesperada del convoy, mis piernas no eran más que dos columnas de dolor punzante. Willis, a mi lado, caminaba con una rigidez mecánica. El alcohol que antes lo mantenía sedado ahora parecía haberse filtrado por sus poros en forma de un sudor frío y rancio. El estruendo de la persecución había quedado atrás, reemplazado por un silencio antinatural, el tipo de silencio que solo existe en los cementerios