El aire en el apartamento se sentía más pesado que en el Cinturón Gris. No era la contaminación; era el vacío. Cada rincón de aquella pequeña caja de hormigón gritaba el nombre de Clara y Elena. El cepillo de pelo sobre la cómoda, el dibujo a medio terminar de Elena en la pared... todo eran astillas clavándose en mi pecho. Pero Nico me miraba. Sus pulmones, ahora asistidos por la tecnología robada, reclamaban una oportunidad que su madre y su hermana ya no tenían allí.
—Sujétate fuerte, Nico