El salto entre los edificios de la Ciudad Alta no fue una maniobra de héroe de acción; fue un acto de fe ciega y desesperación pura. Sentí el vacío bajo mis botas por una fracción de segundo que pareció eterna, con el cuerpo de Nico pegado al mío y el respirador portátil golpeándome las costillas. Cuando mis pies impactaron contra el hormigón de la azotea vecina, el dolor me subió por la columna como una descarga eléctrica, pero no solté mi carga. No podía permitirme el lujo de caer.
A mis es