El sonido de las botas de los Cascos Blancos golpeando el suelo metálico era el segundero de un reloj que contaba nuestros últimos instantes de vida. El pasillo era una trampa de luz fluorescente y paredes estériles. A nuestra izquierda, la fila de prisioneros observaba con una mezcla de terror y una chispa de algo que no habían sentido en meses: posibilidad.
—¡Frank, son demasiados! —susurró Clara, su voz firme a pesar del temblor en sus manos mientras encuadraba el fusil de Willis hacia