La oscuridad del túnel era absoluta, una negrura sólida que solo se rompía por el débil resplandor verde de la pantalla del AeroFlow. El traqueteo del tren sobre las vías oxidadas se había convertido en un mantra hipnótico, una falsa promesa de seguridad. Clara dormitaba con Elena apoyada en su hombro, mientras yo mantenía la mano sobre el pecho de Nico, contando cada una de sus respiraciones como si fueran monedas de oro.
Entonces, el sonido cambió.
No fue una explosión, ni un estruendo.