El acero bajo mis dedos estaba tan frío que la piel amenazaba con quedarse pegada al fuselaje. Me encontraba agazapado en el hueco del tren de aterrizaje de la Vesta-7, una nave de transporte pesado de las Colonias Exteriores que vibraba con una potencia que hacía que mis huesos castañearan. El aire azul, el regalo agridulce que le había dado al mundo, se alejaba rápidamente bajo nosotros, convirtiéndose en una neblina pálida que cubría las ruinas de la Ciudad Alta.
Había saltado desde la plata