La victoria tenía un sabor a óxido y a soledad. Me quedé allí, de pie en la cúspide de la Torre de Comunicaciones, viendo cómo la marea azul del neutralizador descendía hacia el abismo de los suburbios. El mundo, por un instante, pareció contener el aliento. El zumbido opresivo de la Ciudad Alta se había transformado en un silencio sepulcral, solo roto por el viento que silbaba entre las agujas de plata de los rascacielos vacíos.
Bajé de la torre con movimientos de autómata. Mis botas, manchada