ANASTASIA
El domingo Lou y yo nos arrastramos por el apartamento con una resaca del copón. La cafetera hace un ruido que me taladra el cerebro, y Lou, tirada en el sofá con una manta hasta la barbilla, lloriquea como si le hubieran arrancado un brazo. Tiene el pelo hecho un nido y los ojos hinchados, y yo no estoy mucho mejor, porque el espejo del baño me ha devuelto una versión mía que parecía haber sido atropellada por un camión.
—Tengo que dejar de beber —refunfuña Lou, hundiendo la cara en