ANASTASIA
Cuando el teatro de marionetas se termina y los niños se desperdigan, Oliver salta por el césped con las mejillas infladas por la risa y el pelo revuelto.
—¿Podemos volver mañana, mamá?
—Creo que podemos hacerlo —digo, intentando acomodarle el pelo en su sitio. Es inútil. Mi hijo está radiante, sus ojos brillan como si el mundo entero fuera una aventura, y yo no puedo evitar sonreír.
—¡Bien! —hace un pequeño gesto de victoria y con ojos de cachorro me mira, y después a Leo—. ¿Podemos