Thomas se apartó a un lado. Caminó en silencio hasta la terraza y, una vez allí, sacó su teléfono. Cerró la puerta de cristal con cuidado, asegurándose de que Daniela no pudiera escucharlo. El aire fresco de la madrugada le golpeó el rostro, pero no logró calmar la tensión que llevaba en el cuerpo.
Marcó el número de Laura. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos. Tras unos minutos, ella contestó, con la voz aún adormilada.
—¿Qué sucede? —dijo Laura.
Thomas no perdió tiempo.
—Pri