Daniela respiraba con dificultad, el pecho le subía y le bajaba con espasmos cortos mientras intentaba recuperar el aire que Alejandro le había robado con su cercanía violenta.
—Toca el botón, Alejandro —dijo ella con la voz quebrada pero firme—. ¿Crees que no se van a dar cuenta? Hay cámaras, nos están viendo.
Alejandro no respondió. En lugar de eso, apretó con más fuerza las muñecas de Daniela, sus dedos clavándose como tenazas, marcando la piel clara con una presión que dolía y ardía al mismo tiempo.
—¿Por qué me hiciste esto, Daniela? —escupió, fuera de sí—. ¿Por qué te acostaste con él?
—Suéltame, Alejandro —dijo ella, tratando de zafarse—. No tengo que decirte absolutamente nada. Eso no te importa.
—Claro que me importa —rugió él, acercando el rostro al de ella—. Mi tía está enferma, Daniela. No puedo dejar que ustedes la lastimen así.
Daniela lo miró con rabia contenida, los ojos brillándole no de miedo, sino de hartazgo.
—Tu tía no te importa —respondió sin titubear—, como tam