El silencio en la oficina de Thomas se volvió casi palpable luego de que Daniela cerró la puerta de cristal y volvió a su escritorio. Desde el interior, Thomas la observaba con una atención que él mismo no terminaba de comprender.
Daniela acomodó sus carpetas, tomó aire, y encendió su computadora con movimientos suaves, casi tímidos. Pero sus manos temblaban apenas. No podía olvidar la forma en que Thomas, unos minutos antes, había dicho “no me equivoqué al elegirte” con esa voz grave que siemp