El estudio improvisado en el piso 34 había quedado en silencio tras el torbellino de cámaras, luces y voces. El aroma a maquillaje aún flotaba en el aire cuando Thomas y el fotógrafo, Julián, caminaron de regreso a la oficina principal.
El despacho del CEO estaba impecable, luminoso y elegante, con ventanales que dejaban caer un torrente de luz sobre el escritorio de madera oscura. Thomas se sentó en su silla ejecutiva mientras Julián conectaba la cámara al monitor de alta resolución.
—Aquí está todo el material, señor Kan —dijo Julián ajustando los controles—. Voy a abrir la carpeta completa.
Las imágenes comenzaron a aparecer una a una, iluminando la pantalla con la figura de Daniela: elegante, fresca, radiante. En una llevaba un blazer azul profundo, el pelo recogido en una coleta pulida; en otra, un vestido blanco minimalista que resaltaba la transparencia de su mirada; y en otra, un traje rojo que la hacía parecer una mujer que sabía exactamente lo que quería.
Thomas no pestañeab