Levanté la mirada hacia él, con la visión nublada por las lágrimas. La luz roja hacía que los tatuajes de su pecho parecieran sangrar.
—¿Quién te puso esto? —siseó mientras extendía la mano y sujetaba la cinta rosa que llevaba alrededor del cuello. No tiró de ella; se limitó a sostenerla entre dos dedos como si fuera algo repugnante—. ¿Quién te asignó este color, Gianna? ¡Respóndeme!
—L-las chicas de la fiesta —contesté entre sollozos.
Intenté apartarme, pero él me inmovilizó por los hombros