Capítulo 50: El Idioma del Silencio
El regreso desde el acantilado fue una procesión de sombras que se acortaban bajo el sol naciente de Normandía. Alaric caminaba con el paso pesado del hombre que acaba de enterrar una parte de su propia alma, pero su mano no soltaba la de Isolde. Era un agarre casi doloroso, una necesidad de anclarse a lo único que seguía siendo sólido y puro en un mundo que acababa de desmoronarse bajo el peso de la sangre.
Al llegar a la cabaña de madera, el rugido del mar