Capítulo 49: El Abismo de los Espejos Rotos
El alba en Étretat no trajo luz, sino una claridad cenicienta que se filtraba a través de la bruma como el aliento de un fantasma. El aire estaba tan cargado de humedad que cada respiración de Alaric dejaba un rastro de vapor, un recordatorio silencioso de que aún estaba vivo, de que su calor todavía desafiaba al invierno del norte.
Se levantó del lecho improvisado con una lentitud que nacía de la veneración. Isolde dormía aún, envuelta en la manta de